En España, el problema del abandono es una cuestión estructural insoslayable. Todos los días, quienes frecuentamos las redes sociales nos encontramos con un enorme número de casos de abandono y maltrato animal. Esto incomoda, duele y, en muchos casos, genera una sensación de impotencia difícil de gestionar.
Vemos imágenes, leemos historias, compartimos publicaciones… y, sin embargo, la pregunta sigue ahí, pero yo… ¿qué puedo hacer? Esa pregunta no solo es legítima, sino necesaria. Porque el abandono no es un fenómeno lejano ni ajeno, y la respuesta tampoco puede serlo.
El abandono no sucede en abstracto, sino en entornos cercanos, cotidianos; nace de decisiones pequeñas que se acumulan y de actos no suficientemente meditados. No es, por tanto, un problema puntual, sino estructural. Y en ese entramado, la ciudadanía no es un actor secundario, sino una pieza central. Lo que hacemos, y también lo que dejamos pasar, contribuye a configurar el contexto en el que el abandono ocurre o deja de ocurrir.
El abandono empieza mucho antes de producirse
El abandono empieza cuando se incorpora un animal sin planificación, cuando se normaliza la reproducción sin control o cuando se asume que el vínculo podrá sostenerse sin tener en cuenta las condiciones reales de vida. Empieza también cuando se toman decisiones desde la emoción del momento, sin pensar en lo que vendrá después: cambios laborales, mudanzas, problemas económicos o situaciones personales imprevistas.
Por eso, la lucha contra el abandono comienza en el origen, en la manera en que entendemos la convivencia con los animales de compañía.
En este sentido, la tenencia responsable no es solo una opción ética que cada cual decide asumir en mayor o menor medida, sino una obligación con implicaciones jurídicas, sociales y políticas. La Ley 7/2023 de protección de los derechos y el bienestar de los animales ha reforzado esta idea, estableciendo deberes claros para quienes conviven con animales. Pero ninguna ley, por sí sola, transforma la realidad si no se traduce en comportamientos cotidianos. Su eficacia depende, en gran medida, de que esas obligaciones se conviertan en prácticas asumidas, en hábitos, en una forma compartida de entender qué significa cuidar.
Ahí es donde la acción ciudadana adquiere verdadera relevancia. No tanto en los grandes gestos, sino en las decisiones del día a día que acaban configurando lo que consideramos normal:
- Adoptar en lugar de comprar y, si se compra, hacerlo siempre con responsabilidad
- Evitar la reproducción no planificada
- Acudir a un profesional veterinario siempre que sea necesario
- Identificar correctamente
- No incorporar un animal cuando no se dan las condiciones necesarias para garantizar su bienestar.
Son decisiones discretas, pero con un impacto acumulativo enorme. Y lo son todavía más por el efecto de ejemplo que generan: porque lo que hacemos influye en lo que otros perciben como aceptable.

El abandono está alimentado por prácticas que se justifican o toleran
Hay una dimensión más exigente, y también más incómoda, que no siempre queremos asumir, la de no mirar hacia otro lado.
Muchas de las prácticas que alimentan el abandono se sostienen precisamente porque no se cuestionan. Porque se toleran, se justifican o, simplemente, se silencian. Y aquí entra un elemento clave, la necesidad de una reprobación social clara. El maltrato, la negligencia o el abandono no pueden seguir situándose en una zona gris de tolerancia bajo ningún concepto, y la tenencia irresponsable tampoco.
Esto no significa vivir en la confrontación permanente ni señalar de forma agresiva, pero sí implica algo fundamental: no legitimar con el silencio. No reír determinadas conductas, no justificarlas como inevitables, no relativizarlas cuando generan sufrimiento evitable. No es inevitable la reproducción incontrolada, no es un problema menor la tenencia irresponsable, no debe celebrarse la comprar por capricho. Significa, en definitiva, contribuir a construir un entorno social en el que ciertas prácticas dejen de ser aceptables. Porque la presión social, cuando es clara, sostenida y coherente, es una de las herramientas más potentes para cambiar comportamientos.
Ahora bien, esa exigencia no puede construirse desde el juicio constante. Y aquí aparece otra dimensión imprescindible: la empatía. No todas las situaciones que terminan en abandono nacen de la desatención o la irresponsabilidad deliberada. Muchas tienen su origen en dificultades que, sin apoyo, se vuelven inasumibles: problemas económicos, barreras para acceder a una vivienda con animales, falta de redes de apoyo o situaciones de comportamiento que desbordan a quienes conviven con ellos.
Cuando estas situaciones se enfrentan desde la crítica o la estigmatización, lo que ocurre es justo lo contrario de lo que buscamos: en lugar de prevenir el abandono, lo facilitamos. Porque dejamos a las personas solas frente a problemas complejos, sin herramientas ni acompañamiento. Introducir la empatía en este debate no significa justificar lo injustificable, sino comprender que la prevención también pasa por sostener. Una ciudadanía que orienta, que acompaña, que comprende y que evita el juicio automático contribuye, de forma muy concreta, a evitar que ese vínculo se rompa.

La protección animal y la política
A todo ello se suma una dimensión que a menudo se pasa por alto y que a veces incomoda, la dimensión política. Y no en un sentido partidista, sino en el más básico. Preguntar, interesarse, exigir información, saber qué hacen nuestras administraciones frente al abandono, qué recursos destinan o qué políticas impulsan no es algo ajeno: es participación democrática. Es, también, responsabilidad ciudadana.
Además, hay algo que rara vez se dice en voz alta, pero que resulta fundamental: la protección animal también debe formar parte de los criterios con los que valoramos a quienes nos gobiernan. Sin complejos, sin rubor. Igual que exigimos políticas en materia de sanidad, educación o vivienda, también podemos y debemos exigirlas en relación con los animales. Porque lo que no se exige, rara vez se prioriza.
Junto a esta dimensión política, la acción colectiva permite ampliar el impacto individual. Las entidades de protección animal, las redes de voluntariado o las iniciativas comunitarias sostienen, en muchos casos, una parte esencial de la respuesta al abandono. Colaborar con ellas, en la medida de las posibilidades de cada persona, no solo refuerza su capacidad de actuación, sino que contribuye a construir una red social más fuerte y más preparada para prevenir.
Frente a todo esto, hay una idea que conviene cuestionar con claridad, la de que el problema ya está siendo abordado por otros. No es así. El abandono sigue siendo estructural, persistente y profundamente vinculado a prácticas sociales normalizadas. Pensar que “alguien ya se encarga” no solo es inexacto, sino que desactiva una parte fundamental de la respuesta.
Quizá por eso la pregunta inicial necesita reformularse. No tanto en términos de posibilidad —qué puedo hacer—, sino en términos de implicación: qué estoy dispuesto a hacer, a sostener y a defender en el tiempo como parte de una comunidad que no tolera el abandono ni la negligencia. Porque el cambio no se construye con gestos puntuales, sino con coherencia, con constancia y con una cierta incomodidad asumida.
Y, sobre todo, con una idea clara: combatir el abandono no consiste únicamente en evitar que ocurra, sino en construir una sociedad en la que cada vez sea más difícil que ocurra.
¿Qué puedes hacer, desde hoy, como ciudadano?
- Piensa antes de incorporar un animal: valora tiempo, recursos, estabilidad y compromiso a largo plazo. Difunde este mensaje y los valores de la tenencia responsable.
- Adopta siempre que sea posible y, si decides comprar, hazlo con responsabilidad, no formes parte del problema.
- Evita la reproducción no planificada.
- Identifica correctamente a tu animal y mantén actualizados los datos. Da ejemplo y explica por qué es tan importante y necesario.
- No normalices conductas irresponsables: no justifiques, no mires hacia otro lado.
- Señala con respeto, pero con claridad, el abandono, la negligencia o la tenencia irresponsable.
- No regales animales: si alguien de tu entorno piensa hacerlo explica por qué no es una decisión adecuada.
- Infórmate y comparte información útil. Ayuda a otros a tomar decisiones responsables.
- Apoya a entidades de protección animal: tu apoyo es su motor del cambio.
- Practica la empatía activa: si alguien atraviesa dificultades, orienta, acompaña y evita el juicio automático. Los animales siempre salen ganando.
- Pregunta a las administraciones públicas qué están haciendo frente al abandono y al maltrato y exige información. Es tu derecho ciudadano.
- Incorpora la protección animal a tus criterios de voto y de exigencia política.
- Participa en iniciativas colectivas que trabajen por la protección animal. Hay muchas formas de hacerlo.
- Sé coherente: tu ejemplo también construye normas sociales.
- No delegues completamente en otros: el cambio también depende de ti.
¿Te das cuenta de todo lo que puedes hacer? Cada decisión, cada gesto y cada vez que decides no callar suma. Porque el cambio no empieza en grandes discursos, empieza en lo cotidiano. Y si dejamos de pensar que esto es cosa de otros, estaremos mucho más cerca de construir una sociedad que no tolere el abandono.