Un niño pequeño jugando con un Beagle en su casa

Perros y niños en casa: cómo prevenir mordeduras y convivir con seguridad 

Autor:

Fundación SrPerro Colega
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Cuando conviven perros y niños, la prevención es fundamental para evitar accidentes. Cualquier perro puede llegar a morder, aunque nunca haya dado señales de agresividad o miedo. 

La mayoría de las mordeduras no ocurren porque el perro sea “peligroso” ni porque el niño quiera hacer daño. Ocurren en situaciones cotidianas en las que el perro se siente incómodo, invadido o sin salida, y los adultos no llegan a tiempo para intervenir. 

Semana por la convivencia entre personas y perros

La base de la prevención: supervisar, separar y organizar la casa

Supervisar significa estar cerca, atentos a lo que hace el niño y a cómo responde el perro, y poder intervenir de inmediato. 

La mayoría de los accidentes ocurren en descuidos: mientras se miraba el móvil, se atendía una llamada, se cocinaba… Si no puedes hacerlo, lo más seguro es que estén separados.

Muchas familias sienten que separar al perro es injusto. Pero hay que cambiar el enfoque: separar también protege al perro. Una puerta infantil, una valla de separación o una habitación tranquila pueden convertirse en su espacio de descanso, el lugar donde disfruta de un masticable sin que nadie le moleste.

Medidas básicas:

  • Acostumbra al perro poco a poco a puertas, barreras y separaciones breves.
  • Separa cuando vayas a cocinar, trabajar, mirar el móvil o atender otra cosa.
  • Protege la zona de descanso del perro.
  • Crea también un espacio a donde no pueda acceder el perro para que el niño pueda jugar tranquilo.
  • Mantén separados los juguetes del niño y los del perro.
  • Ofrece masticables o comida solo cuando el perro pueda disfrutarlos tranquilo y esté separado del niño (hasta que este tenga la edad adecuada para participar en estas situaciones).

¿Qué reglas deben seguir niños y adultos con perros?

Los niños no nacen sabiendo cómo relacionarse con los perros, pero podemos enseñarles poco a poco. Una buena base son estas tres reglas: 

1. Si el perro está ocupado, le dejamos espacio. Está ocupado cuando come, duerme, descansa, mastica o juega con algo. En esos momentos no se le toca ni se le llama.

2. Si el perro se va, no le seguimos. Un perro que se aleja está tomando una buena decisión: evitar el conflicto. Hay que permitírselo. Si se siente atrapado, los problemas pueden aparecer. 

3. El cariño debe ser suave y corto. Nada de abrazos, besos, tirones, subirse encima o acercar la cara a su boca. Es mejor enseñar caricias suaves, breves y siempre observando si el perro quiere continuar. Estas interacciones deberían comenzar solo a partir de los dos años del niño. 

Para los adultos, las normas también deben ser claras: 

  • No dejar nunca solos a perros y niños pequeños.
  • No mirar el móvil mientras interactúan.
  • No permitir juegos bruscos, persecuciones o gritos cerca del perro.
  • No obligar al perro a tolerar contacto.
  • No sujetarle para que el niño lo toque.
  • No regañarle por gruñir o intentar alejarse.
  • No permitir que el niño quite comida, juguetes o masticables.
  • No acercar al bebé al perro para que “lo huela”: aunque está muy extendida, esta práctica puede generar una situación de presión para el peludo. 

El perro debe poder elegir siempre: acercarse, alejarse, descansar o terminar la interacción. 

Y algo que a veces pasamos por alto: enseñar con el ejemplo. Si los adultos abrazan al perro, le molestan mientras duerme o le quitan cosas de la boca, el niño aprenderá que eso está permitido. 

La prevención no se construye solo con prohibiciones. Igual de importante es saber qué hacer en lugar de lo que no se debe.

¿Cómo crear una convivencia segura entre perros y niños día a día?

Uno de los pilares de la prevención es aprender a entender al perro. Es importante que los adultos conozcamos su lenguaje y que, poco a poco, se lo vayamos enseñando también al niño. 

Algunas señales de incomodidad habituales cuando se relacionan perros y niños son:

  • Girar la cabeza.
  • Apartar la mirada.
  • Lamerse los labios o la trufa.
  • Bostezar.
  • Quedarse rígido, como congelado.
  • Cerrar la boca de golpe.
  • Echar las orejas hacia atrás.
  • Ojos de ballena (cuando se ve el blanco del ojo). 
  • Lamer al niño en la zona por donde le está tocando —la mano, la cara, el pie—. 
  • Esconderse o intentar alejarse. 
  • Gruñir.

Si aparece cualquiera de estas señales, hay que intervenir de inmediato, con calma y sin alterar al perro ni al niño. Según la situación: pedirle al niño que pare, llamar al perro con suavidad o usar una barrera para que estén separados. 

A partir de los dos años del niño, se puede empezar a fomentar una relación más activa entre ambos: preparar juntos juegos de olfato, rellenables de comida o participar en el momento de dar de comer al perro. Pero siempre de forma muy controlada. Para esto, lo más recomendable es contar con el apoyo de una profesional de la educación canina especializada en convivencia entre perros y niños

Y no hay que olvidar que la casa y las rutinas deben adaptarse a medida que el niño crece. Un bebé que no se mueve, uno que gatea, uno que camina y uno que corre por el salón son cuatro escenarios muy distintos. Cada etapa pide ajustes en espacios, barreras y normas.

Conclusiones

Prevenir conflictos entre perros y niños implica organizar la convivencia para que todos estén seguros y puedan estar bien.

La responsabilidad siempre es adulta. Los niños necesitan guía y límites claros; los perros, espacio, descanso y la posibilidad de alejarse.

Recuerda:

  • Si no puedes supervisar, separa.
  • Si el perro descansa, come o mastica, se le deja espacio.
  • Si el perro se va, no se le sigue.
  • Si el niño está muy nervioso, reorganizamos para que el perro pueda estar tranquilo.
  • Si el peludo muestra incomodidad, se interviene inmediatamente pero de forma tranquila.

Mitos

El objetivo no es que el perro aguante cada vez más. Es que el niño aprenda a relacionarse con respeto, y que el perro pueda elegir si quiere acercarse, quedarse o marcharse. 

Forzar al perro a tolerar caricias, abrazos o manipulaciones puede hacer que se sienta atrapado. Si sus señales de incomodidad no se respetan, puede acabar necesitando avisar de forma mucho más contundente. 

El gruñido es un aviso. Nos dice que el perro está incómodo y que debemos intervenir. Si castigamos el aviso, podemos perder una señal importante sin resolver el problema. 

Referencias
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