La ansiedad y el miedo son respuestas conductuales, emocionales y fisiológicas adaptativas. Ambas suceden en perros y gatos por causa de los petardos y la pirotecnia. Pero, con creciente frecuencia, lo que los animales sufren es fobia a los ruidos, una reacción extrema que ya no es adaptativa.
Las principales conclusiones de un estudio sobre la aversión a los fuegos artificiales en gatos y perros, llevado a cabo en la Universidad de Utrecht en 2024 indican que el miedo al ruido es común y persistente entre perros y gatos así como que la mayoría de estrategias terapéuticas actuales no son realmente eficaces.
Este trabajo analizó los datos aportados por tutoras (cerca del 89% de las encuestadas eran mujeres) de 3.009 perros y 622 gatos en Países Bajos sobre las reacciones de sus animales ante la pirotecnia, teniendo en cuenta tanto su crianza como los métodos de manejo utilizados. La mayoría (84,5%) vivían en casas con jardín y el resto, (16,8%) en zonas rurales.
Estrés y miedo generalizados ante la pirotecnia
Durante los episodios de pirotecnia, las reacciones de miedo y estrés fueron muy comunes entre los animales estudiados: el 79 % mostró signos de estrés y el 77 % de miedo.
Además, un 33,9 % de los perros presentó reacciones consideradas fóbicas frente a los fuegos artificiales, y un 42,9 % mantuvo el miedo durante más de media hora después de que terminara el ruido.
En conjunto, estos resultados indican que aproximadamente ocho de cada diez perros muestran algún grado de miedo o estrés durante los fuegos artificiales, y que uno de cada tres sufre una respuesta intensa o fóbica, con síntomas prolongados en muchos casos.
En los perros, las conductas más habituales incluyeron buscar contacto visual o físico con el tutor (73,7 % y 63,4 % respectivamente), temblar (63,5 %) y jadear (60,2 %). En los gatos, los comportamientos más reportados fueron esconderse (75,9 %), huir (64,6 %) y quedarse inmóviles o congelados (42,8 %).
En ambas especies fue frecuente que buscaran la proximidad de su familia humana, aunque este patrón fue más marcado en los perros.
A lo largo de los periodos prolongados con fuegos artificiales -como las semanas previas y posteriores al Año Nuevo- también se observaron signos de hipervigilancia y sensibilidad general al ruido. En los gatos, un 67,7 % mostró sobresaltos frecuentes y un 52,6 % se volvió más reactivo a otros sonidos. En los perros, un 69 % se mostró más asustadizo y un 59 % desarrolló sensibilidad a ruidos no pirotécnicos.
Estos comportamientos indican un estado sostenido de inseguridad ambiental, con repercusiones claras en su bienestar: un 69,5 % de los tutores señaló que la calidad de vida de su animal se veía afectada de forma moderada o grave durante esas semanas.
La falta de habituación al ruido, un aspecto clave
Factores adversos en las primeras etapas de la vida así como la falta de habituación al ruido durante la juventud se asociaron con una mayor prevalencia de miedo a los fuegos artificiales en perros, pero no en gatos.
Solo uno de cada cinco perros (19,7 %) había sido habituado a sonidos durante su socialización temprana, y esa minoría mostró tasas mucho más bajas de miedo severo.
Los autores del estudio también destacan que los perros adoptados, en contraste con los criados en casa o en un pequeño criador, presentaban una mayor proporción de casos con miedo intenso o muy intenso a la pirotecnia.
¿Qué estrategias se suelen utilizar y cuáles son más efectivas?
En los perros, las estrategias más habituales para afrontar el miedo a los fuegos artificiales fueron aquellas relacionadas con la presencia y el apoyo del tutor. El 67,5 % de las familias dijo ofrecer apoyo físico o emocional (permitiendo al perro permanecer cerca, acariciándolo o hablándole con voz suave), mientras que el 61,7 % procuraba confortarlo activamente durante los estruendos.
También fueron comunes las medidas ambientales: enmascarar el ruido con música o televisión (58,2 %) y crear un refugio seguro en casa.
En menor proporción se mencionaron productos con feromonas, suplementos calmantes, o intervenciones de tipo conductual (entrenamiento, desensibilización). Estas estrategias, aunque frecuentes, rara vez lograron un efecto duradero: en general, menos del 30 % de los tutores observó una mejora estable tras su aplicación, lo que indica que, una vez instaurado, el miedo resulta difícil de revertir.
Entre las medidas evaluadas, escapar temporalmente a una zona más tranquila (a alguna casa rural, etc.) fue una de las estrategias más mencionadas y la que obtuvo el mejor resultado sostenido, con un 29,4 % de tutores que reportaron una mejora duradera.
En cuanto a las intervenciones médicas, los tratamientos con benzodiacepinas o gabapentina fueron los más eficaces a corto plazo (35,1 % de respuesta positiva), seguidos por clomipramina o dexmedetomidina (26,3 %). En el extremo opuesto, las feromonas sintéticas mostraron una eficacia muy baja, especialmente en gatos (solo 6 % con efecto prolongado).
En conjunto, los resultados sugieren que la mayoría de estrategias aplicadas -tanto conductuales como farmacológicas- pueden proporcionar un alivio temporal pero no soluciones duraderas, reforzando la idea de que la prevención temprana mediante socialización y habituación al ruido es la herramienta más efectiva y ética para proteger el bienestar de los perros ante la pirotecnia.