La mayoría de personas, independientemente de si conviven o no con perros, identifican con cierta facilidad las señales más evidentes de dolor en los perros pero no así las más sutiles, algo que puede tener consecuencias negativas para la salud de los canes y que, además, puede afectar a la convivencia puesto que los dolores no diagnosticados pueden llevar a cambios de conducta e incluso a reacciones imprevistas o mordeduras.
¿Qué señales pueden indicar dolor en un perro?
Un estudio de la Universidad de Utrecht publicado en PLOS One (Gardeweg et al., 2026) ha evaluado cómo se perciben diecisiete comportamientos potencialmente relacionados con dolor y cómo se interpretan tres casos prácticos con distintos niveles de evidencia. Para ello, han recogido datos de 647 participantes, de los cuales 530 convivían con perros y 117 no.
Las 17 señales conductuales analizadas
El estudio se basa en una lista de diecisiete comportamientos asociados a posibles señales de dolor, algunos evidentes, otros sutiles y otros ambiguos.
Entre ellos:
- Cambios en la personalidad
- Variaciones en el estado de ánimo
- Menos juego
- Levantar la pata de forma insegura
- Lamido de superficies
- Lamido de nariz o labios
- Bostezos
- Olfateo del aire
- Inmovilidad (freezing)
- Girar la cabeza o el cuerpo
Estas señales fueron evaluadas en una escala de 0 a 4, donde 0 indicaba muy improbable y 4 muy probable como indicador de dolor.
Las señales que se identifican con más facilidad son: cambio en la personalidad, levantar la pata de forma insegura, cambios en el estado de ánimo y reducción del juego. Por el contrario, las señales que menos se identifican con posibles dolores son: lamido de nariz, bostezos o olfateo del aire.
Diferencias entre personas con y sin convivencia con perros
En la mayoría de las señales no se detectan diferencias significativas entre ambos grupos pero sí las hay en tres comportamientos concretos:
Las personas que no conviven con perros atribuyen mayor probabilidad de dolor a girar la cabeza o el cuerpo (67% lo consideran probable frente al 52% de quienes conviven con perros)
inmovilidad o quedarse congelado (58% frente al 43%). Por su parte, las personas que conviven con perros atribuyen más dolor a lamido de superficies (48% frente al 38%)
El estudio plantea algo que resulta muy interesante: los tutores de perros parece que tienen más probabilidad de interpretar ciertas señales -como girar la cabeza o quedarse inmóvil- más como signos de estrés o miedo que como posibles señales de dolor.
Cómo se interpreta el dolor en tres situaciones distintas
El estudio presenta tres casos prácticos con diferentes niveles de evidencia. En el primero, se describe un perro con señales sutiles, como inquietud durante la noche, tendencia a seguir a las personas de la familia, cambios en la postura al descansar y una reducción de la duración de los paseos.
En este contexto, la probabilidad media de que los participantes atribuyan dolor es claramente inferior a la del caso con señales más evidentes pero no hay diferencias entre quienes conviven con perros y quienes no: el 53% y el 55%, respectivamente, consideran probable que exista dolor.
Dentro de este mismo caso, no todas las señales tienen el mismo peso en la interpretación. La inquietud nocturna (67%) y la reducción del paseo (65%) son los factores que más influyen en que se atribuya dolor. En cambio, otras conductas como seguir a las personas (32%) o el aumento del apego (35%) se asocian con menor frecuencia al dolor y se interpretan más a menudo de otras formas.
El segundo caso describe un perro con señales evidentes relacionadas con el movimiento, como cojera o saltos, mantener una pata elevada, menor interés por el juego y menor entusiasmo en los paseos. En este escenario, la valoración media de dolor asciende a 3,7 ± 0,7 sobre 4.
El reconocimiento del dolor es muy alto en ambos grupos: el 97% de las personas que conviven con perros y el 92% de las que no lo hacen consideran que el comportamiento está relacionado con dolor.
El tercer caso actúa como control y describe un comportamiento no relacionado con dolor. En este caso, el 91% de las personas que conviven con perros y el 92% de las que no lo hacen identifican correctamente que no hay dolor.
La experiencia previa con el dolor influye en su identificación
El estudio también analiza el papel de la experiencia previa. En total, el 56% de los participantes indica haber tenido alguna experiencia personal de dolor.
Estas personas que han tenido alguna experiencia personal de dolor tienden a identificar con mayor frecuencia algunas señales como indicadoras de dolor. Las diferencias más claras se observan en el cambio de personalidad (92% frente a 86%), el aumento del parpadeo (56% frente a 46%) y los bostezos (37% frente a 28%). Y también son más perspicaces a la hora de detectar señales sutiles de dolor.
Los datos también señalan que los tutores cuyos perros han pasado por alguna experiencia dolorosa son, igualmente, capaces de reconocer con mayor frecuencia ciertos comportamientos como posibles señales de dolor. Las diferencias más destacadas aparecen en los cambios en el aspecto (68% frente a 52%), la reducción del juego (91% frente a 78%) y el lamido de superficies (55% frente a 43%).
También en el caso con señales sutiles se observa una diferencia clara: el 62% de estas personas atribuye dolor, frente al 46% de quienes no han tenido experiencia previa con un perro que haya sufrido dolor.
Conclusiones
Como indican las investigadoras en sus conclusiones, “para proteger a un animal del dolor, es necesario evaluarlo correctamente” y parece evidente , aunque el estudio tenga ciertas limitaciones, que hay considerables lagunas al respecto.
“Es posible que las personas que conviven con perros estén más familiarizadas con ciertas señales de estrés o miedo que con las de dolor, y por ello atribuyan otras causas a comportamientos sutiles relacionados con el dolor. La mayor capacidad para identificar correctamente el miedo en perros por parte de personas con más experiencia también puede respaldar esta interpretación. (…)
Como consecuencia, parece necesario evaluar y mejorar la capacidad de las personas que conviven con perros para reconocer las primeras señales de dolor. Proponemos que la educación en comportamiento canino incluya el reconocimiento del dolor, con especial atención a las señales sutiles. Esto podría proporcionar indicadores tempranos de dolor y favorecer tanto el bienestar de los perros como la prevención de problemas de comportamiento, incluida la agresividad no deseada.“