La veterinaria Delia Saleno ha abordado el tema de la violencia vicaria animal desde una perspectiva One Health / One Welfare, que entiende la salud y el bienestar de las personas y los animales como realidades interconectadas.
Su charla, en el marco del Congreso de Entidades de Protección Animal, ha mostrado cómo una intervención del entorno veterinario no solo afecta al animal, sino también a la protección de las personas implicadas.
Podéis escuchar la charla completa en este vídeo y, a continuación resumimos algunos de los puntos más destacados de la misma.
El vínculo con los animales como palanca de control
La violencia vicaria animal ocurre cuando un animal es utilizado como herramienta para intimidar, coaccionar o causar daño emocional a víctimas de violencia de género.
Es un mecanismo de control que utiliza el vínculo afectivo porque el animal es, sobre todo en entornos de violencia, el mayor apoyo emocional de las mujeres: por eso mismo el agresor ataca este vínculo para multiplicar el miedo y lograr que a las mujeres les resulte aún más difícil salir de esa situación.
Intervenir sobre ese vínculo puede ser determinante: “cuando la clínica ofrece una vía de escape, ayuda tanto o puede salvar tanto a una persona como a un animal.”
El iceberg del abuso: lo visible y lo invisible
La violencia vicaria animal no siempre es evidente, no siempre es visible: hay muchas formas de dañar a un animal que pueden pasar desapercibidas. Visualmente, Delia Saleno lo ha mostrado en su presentación como un iceberg en el que solo el maltrato, el que ocurre en fases muy avanzadas, está fuera del agua. Los otros tipos de maltrato, que de hecho son mucho más frecuentes, quedan en un nivel invisible.
- Nivel visible: lesiones graves, muerte o abuso físico directo.
- Nivel intermedio: Privación deliberada de cuidados veterinarios, desnutrición, aislamiento en espacios inadecuados.
- Nivel invisible: Exigencia de titularidad del microchip, amenazas de daño o adopción forzosa, abuso emocional del animal (gritos, estrés crónico inducido), negativa a abonar tratamientos.
La clínica veterinaria como espacio de detección temprana
La consulta veterinaria es un entorno privilegiado para detectar señales tempranas de violencia machista puesto que, a menudo, es el único espacio externo en el que se puede observar simultáneamente el estado físico del animal junto con su historial clínico, su comportamiento y también las dinámicas entre las personas que lo acompañan.
A menudo este el único espacio externo y seguro donde afloran los primeros signos de control coercitivo, apareciendo mucho antes que la violencia vicaria hacia los hijos.
Por eso es importante el proceso de observación, el diálogo -sin confrontar- y la correcta documentación de todos los aspectos relevantes a lo largo del tiempo. Este enfoque permite identificar signos clínicos, etológicos y contextuales que pueden pasar desapercibidos en otros ámbitos.
Entre los indicadores clínicos que destaca Saleno: fracturas o lesiones en la cabeza o en la caja torácica así como relatos en pasivo (se ha caído, se ha tirado…) y lo que ella llama “el síndrome del caído”, de esos perros que parecen ser extra torpes por la cantidad de heridas o traumatismos que sufren.
En cuanto a los indicadores etológicos hay muchos comportamientos caninos que reflejan un estrés crónico o un dolor crónico -que puede o no estar vinculado a la violencia: desde diarreas crónicas a piodermas recurrentes, Síndrome de Cushing (hiperadrenocorticismo), coprofagia, enfermedad inflamatoria intestinal…
Los indicadores contextuales incluyen incongruencias narrativas o discrepancias evidentes en lo que le ha pasado al animal, miedo de las mujeres a autorizar tratamientos caros…
Documentar correctamente: la herramienta más poderosa
Lo esencial es dejar constancia de todo puesto que los veterinarios no son ni detectives ni policías, destaca Saleno: hay que registrar de forma rigurosa lesiones, comportamientos, relatos y cualquier incoherencia, sin emitir valoraciones sociales o legales que no corresponden al ámbito clínico.
No se trata solo de recoger información, sino de hacerlo con precisión y utilidad para otros profesionales. La historia clínica, el registro fotográfico y las citas textuales pueden convertirse en elementos clave dentro de un proceso más amplio de protección. Esta documentación, bien realizada, permite que otros actores del sistema (servicios sociales, fuerzas de seguridad, ámbito judicial) puedan actuar con mayor eficacia.
En paralelo, Saleno insiste también en la importancia de no confrontar nunca al agresor. El objetivo es proteger, no escalar el conflicto ni poner en riesgo a las personas implicadas.
Barreras estructurales: el microchip
Uno de los problemas más relevantes es el control legal del animal a través del microchip. En muchos casos el agresor figura como titular, lo que le permite bloquear decisiones clave. Esto genera una barrera real para la salida de la víctima, que puede verse obligada a elegir entre su seguridad y la del animal. Sin cambios en este ámbito, muchas intervenciones quedan limitadas o bloqueadas.
Formación e integración en el sistema de protección
La solución pasa por integrar al veterinario dentro del ecosistema de la violencia de género, con protocolos claros y formación específica. La insistencia en este punto es constante: “Formación, formación, formación.”
Además, se subraya la necesidad de un desarrollo legal que reconozca explícitamente la violencia vicaria animal y permita actuar de forma efectiva: “Esta inclusión del veterinario necesita un desarrollo legal en torno a la violencia vicaria animal.” Sin este marco, el potencial de la intervención veterinaria queda infrautilizado.
Conclusiones
Si no se tienen en cuenta a los animales, la respuesta frente a la violencia de género es incompleta.
Ignorar esta dimensión no solo deja desprotegidos a los propios perros y gatos, sino que también dificulta la protección de las personas: cualquier estrategia que no tenga en cuenta la violencia vicaria animal será ineficaz e incompleta.
Por eso, integrar al veterinario no es una opción secundaria, sino una necesidad estratégica: en muchos casos, intervenir sobre el bienestar del animal puede ser el primer paso para romper el ciclo de la violencia.