Cada vez hay más las familias que se plantean adoptar un perro para ayudar a un hijo con Trastorno del Espectro Autista (TEA) o Trastorno del déficit de atención, con o sin hiperactividad TDA (H). Es una expectativa comprensible que, sin embargo, puede no ser buena idea.
Un perro de asistencia, un perro de terapia y un perro adoptado que simplemente convive con una familia responden a realidades muy diferentes. Entender cada una de ellas es fundamental antes de tomar la decisión de adoptar porque de lo contrario esa adopción puede generar frustración, dificultar la adaptación del peludo y comprometer el bienestar de toda la familia.
Lo que necesita un niño con TEA o TDA(H)
Las familias con niñas o niños con TEA o TDA (H), conviven con necesidades diversas que en la mayoría de los casos requieren un abordaje multidisciplinar y transversal a todos los ámbitos de su vida.
Aunque ambos diagnósticos son muy heterogéneos en características y necesidades (incluso dos niños con el mismo diagnóstico), un punto en común suele ser la necesidad de una planificación familiar y educativa basada en el establecimiento de rutinas estructuradas y predecibles, la adaptación del entorno a su forma de comprender el mundo, y el acompañamiento en la regulación emocional.
Es precisamente este el motivo por el que muchas familias piensan que un perro puede ser un apoyo dentro de estas necesidades. Sin embargo, asumir que la convivencia será similar a la introducción de las IAA o los perros de asistencia a la vida de los pequeños no refleja la realidad de un perro que llega por adopción.
Un perro recién adoptado también necesitará adaptación
Un perro recién adoptado también atravesará su propio proceso de adaptación que requerirá tiempo, calma y acompañamiento por nuestra parte para comprender el entorno y sentirse seguro. Las condiciones que favorecen el bienestar del perro pueden entrar en conflicto con las del niño o con las dinámicas familiares previas, por lo que será necesario encontrar un equilibrio compatible para ambas partes.
Perro de familia, de asistencia y de Intervenciones Asistidas ¿cuál es la diferencia?
Un perro de familia convive con nosotros y su compañía puede aportar bienestar, afecto, favorecer rutinas… pero esto no lo convierte automáticamente en una ayuda terapéutica. Por supuesto que podría trabajarse y entrenar determinadas cuestiones pero para ello sería imprescindible un acompañamiento profesional (a lo largo de bastante tiempo). Lo que llegue a aprender y hacer dependerá de su carácter, historia, aptitudes…
Un perro de asistencia ha sido seleccionado, preparado y entrenado para realizar tareas concretas que ayudan a una persona con necesidades diversas en su vida cotidiana. Su incorporación exige valorar las necesidades de la persona, las capacidades del perro y la compatibilidad entre ambos, además de formación y seguimiento profesional.
En las intervenciones asistidas con perros, el perro participa en sesiones planificadas con objetivos terapéuticos, educativos o sociales. Estas actividades están dirigidas por profesionales y deben garantizar en todo momento la seguridad y el bienestar del niño y del animal.
Por eso, adoptar o comprar un perro pensando que, por sí solo, ayudará a un niño con TEA o TDAH puede generar expectativas poco realistas. Antes de tomar una decisión, es fundamental recibir asesoramiento y valorar las necesidades de toda la familia y también las del perro.
Las Intervenciones Asistidas con Animales y los perros de asistencia como proceso profesional, no espontáneo.
Es habitual pensar que, si las intervenciones asistidas con animales pueden beneficiar a algunos niños con TEA, incorporar un perro a la familia debería producir un efecto parecido. Sin embargo, los beneficios observados en una intervención profesional no pueden trasladarse automáticamente a la convivencia con un perro familiar.
En las intervenciones asistidas con perros, el animal es seleccionado y evaluado antes de participar. Las sesiones forman parte de un programa planificado, tienen objetivos terapéuticos, educativos o sociales concretos y están dirigidas por profesionales. El perro no tiene necesariamente que haber sido preparado desde su nacimiento, pero sí debe mostrar un perfil adecuado para la actividad y su bienestar debe evaluarse de manera continuada.
En el caso de los perros de asistencia, muchas organizaciones seleccionan cuidadosamente a los candidatos atendiendo a su salud, comportamiento y aptitudes, y controlan su socialización y preparación desde etapas tempranas. Otras también seleccionan perros jóvenes o adultos procedentes de protectoras, siempre después de una evaluación profesional exhaustiva.
Su preparación suele prolongarse durante aproximadamente dos años y, aun así, muchos candidatos no completan el proceso. El miedo, la inseguridad, una activación difícil de regular, determinadas respuestas ante el entorno o algunos problemas de salud pueden hacer que continuar no sea compatible con el bienestar del perro o con las exigencias de su futura función.
Por tanto, haber sido adoptado no impide que un perro pueda llegar a desempeñar alguna de estas funciones. Lo que aumenta considerablemente la incertidumbre es adoptar primero y valorar después si el perro puede asumirlas. La historia previa, la salud, las experiencias tempranas y el perfil conductual del candidato pueden ser desconocidos, por lo que su idoneidad nunca debería darse por supuesta.
Cuando un perro de asistencia completa su preparación, comienza además un periodo de acoplamiento, formación conjunta y seguimiento con la persona o familia destinataria.
En otras palabras, la participación de un perro en una intervención asistida y el trabajo de un perro de asistencia no son procesos espontáneos: requieren selección, preparación y acompañamiento profesional.
Cuando el perro no puede cumplir esta expectativa
Incorporar un perro a la familia, sin el debido acompañamiento de profesionales especializados, con la expectativa de que ayude a nuestro hijo con TEA o TDA(H) le atribuye una responsabilidad que no le pertenece, para la que no ha sido preparado. El peludo llega a casa para formar parte de la familia y por tanto simplemente necesita acompañamiento para ser perro, sentir y expresarse libremente en la convivencia.
Tener expectativas realistas es fundamental para que una adopción salga bien. Un estudio realizado en EEUU observó que las personas que devolvían un animal porque la experiencia no era como esperaban tenían alrededor de un 60 % menos de posibilidades de volver a adoptar en ese mismo centro durante el año siguiente.
A ello se suma otro riesgo importante: el desconocimiento o la mala interpretación de la comunicación y el comportamiento del perro, especialmente en el proceso de adaptación a la convivencia. No es casualidad que la mayoría de conflictos entre perros y niños ocurran dentro del hogar, entre individuos convivientes. Estas situaciones son, en su mayoría, evitables ya que aparecen precedidas de señales que o bien no fueron interpretadas correctamente o bien pasaron desapercibidas.
Muchos perros pueden sentir inseguridad o miedo ante situaciones difíciles de anticipar: movimientos bruscos, falta de previsibilidad, ruidos, interacciones no deseadas… Debemos tener en cuenta que estas situaciones pueden formar parte del día a día de una familia con niños TEA o TDA (H), especialmente en momentos de desregulación emocional, necesidad de movimiento o cuando aparecen conductas de fuga o estereotipias. Esto significa que la convivencia exigirá mayor gestión del entorno y respeto de las necesidades de ambas partes.
Cuando este equilibrio no se consigue, es fácil que aparezca frustración en la familia, que el niño no encuentre la respuesta que esperaba en el perro, los adultos sientan que la adopción no ha ido como imaginaban y el perro se vea expuesto a situaciones para las que no está preparado. Todo ello puede dificultar la construcción del vínculo, generar conflictos en la convivencia, malestar emocional y comprometer el bienestar de ambas partes.
Conclusiones
Cuando la decisión de adoptar nace principalmente de una expectativa concreta, para resolver una necesidad humana, dejamos de ver al individuo que tenemos delante y olvidamos que su bienestar también depende de nosotros. Al atribuirle una responsabilidad que no le corresponde, comprometemos el bienestar de ambas partes y con él, la posibilidad de construir una convivencia sana.
Antes de adoptar, merece la pena preguntarnos si nuestro contexto puede ofrecerle las condiciones necesarias para adaptarse, desarrollarse y vivir con bienestar. Esta perspectiva es probablemente la mejor forma de asegurar una convivencia respetuosa para todos.
Si lo que la familia necesita es un apoyo terapéutico o un perro de asistencia, el proceso debería comenzar consultando a profesionales especializados, no adoptando primero un perro con la esperanza de que después pueda asumir esa función.