Sentirse culpable en la convivencia con un perro es muy frecuente: por dejarle solo, por no dedicarle todo el tiempo que querrías, por haberle gritado alguna vez o porque han aparecido problemas de comportamiento. En la mayoría de los casos, esa culpa surge precisamente porque quieres hacerlo bien y te preocupa su bienestar.
¿Por qué nos sentimos culpables respecto a nuestros perros?
Nos bombardean con información cada día y así aumenta la presión y las expectativas: es fácil que la consecuencia sea una creciente sensación de culpa, que puede tener diversas causas:
- Las redes sociales distorsionan la realidad
Antes, el referente era el perro del vecino; ahora vemos a perros “perfectos” constantemente en redes sociales, peludos que se comportan de anuncio, que atienden siempre y aprenden todo a la primera. A eso se suman los mensajes de profesionales (muchas veces virales) que te explican todo lo que haces mal, cada uno con una versión distinta y sin conocer a tu perro. - Llevamos el castigo muy arraigado
Durante décadas nos han enseñado a tratar a los perros desde la dominancia: “que no se te suba a la chepa”, “hay que enseñarle quien manda.” Hoy sabemos que esto es un mito y un error pero esas ideas siguen muy presentes. Y muchas personas, que quieren educar con respeto y empatía, se sienten culpables cuando pierden la paciencia con su perro. - El juicio del entorno
Da igual que te hayas formado o consultado a buenos profesionales, siempre aparecerá un vecino o algún “cuñado de parque” dispuesto a explicarte que lo estás haciendo mal. “Le consientes demasiado”; “Necesita mano dura”. Además, esta presión no afecta a todo el mundo por igual: muchas mujeres reciben con más frecuencia comentarios paternalistas sobre cómo deberían manejar a su perro. - Sabemos más y somos más empáticas
Cuanto más aprendemos más conscientes somos de lo que podríamos hacer mejor, incluso de lo que hemos hecho mal previamente. El objetivo de aprender no es la perfección, que es imposible, sino la consciencia: poder tomar mejores decisiones, sin machacarse.
Gritar, regañar o enfadarnos con nuestro perro
Hay una diferencia importante entre perder los nervios en un momento dado y usar el grito como método de enseñanza. Somos animales con emociones, y del mismo modo que no culpamos al perro por ladrar porque probablemente sea una respuesta que no controla, tampoco podemos atormentarnos por haber gritado una vez.
Sí hay que darle una vuelta a qué nos ha llevado a ese punto y cómo prevenirlo. Pero igual que es difícil no discutir jamás con una pareja o una amistad, es poco probable que no vuelva a ocurrir: esas emociones cumplen una función regulatoria, y reprimirlas sistemáticamente tampoco nos sienta bien.
La línea está en que no se convierta en patrón ni se use con intención de educar.
Ningún perro es “perfecto”
Vas paseando y de pronto tu perro empieza a ladrar escandalosamente. Sientes que todo el mundo te mira. No entiendes qué has hecho mal ni por qué no puede ser como los demás.
Ese pensamiento es muy común, pero es una ilusión.
- Los perros no son como nos los han contado
En las películas o en las series la mayoría de perros son sociables y acompañan felizmente a sus humanos a todas partes. No suelen mostrar perros que aúllan cuando se quedan solos o que no toleran a otros canes… A nadie se le ocurriría esperar que un oso se comporte como Baloo del Libro de la Selva, pero eso mismo hacemos con los perros. Como si su mayor trastada fuera a ser correr de forma adorable con un rollo de papel higiénico en la boca. - Los problemas de comportamiento son cada vez más frecuentes
Cada vez hay más perros, especialmente en las ciudades, en entornos que para ellos son complicados de gestionar. Sus ajetreadas familias tienen menos tiempo para dedicarles. Personas más estresadas = perros más estresados.
Además, muchos cachorros comprados vienen de criaderos multi-raza o de granjas de cachorros: la falta de socialización y cuidados junto con el estrés de las madres es otro foco de problemas de comportamiento - Los perros con dificultades se invisibilizan
Si tu perro tiene problemas con otros perros, evitas los parques; si le incomodan las personas, buscas rutas tranquilas. Muchos perros con dificultades desaparecen del paisaje cotidiano, y eso refuerza la ilusión de que el tuyo es el único. - Los instadogs no representan la realidad
Vemos vídeos editados, momentos concretos y escenas seleccionadas. Comparar la convivencia completa con un perro real con fragmentos seleccionados de la vida de otros es injusto para ti y para tu perro. - Lo que para ti es un problema puede no serlo para otra persona
Si rascamos un poco, siempre hay alguna dificultad en la convivencia entre personas y perros. Muchas veces lo más importante no es el comportamiento en sí, sino buscar la forma de prevenirlo, evitarlo o adaptarnos. Es normal no saber hacerlo pero un profesional puede ayudarnos.
Le he “estropeado”
Es posible que con el tiempo hayan aparecido dificultades, y que algunas tengan relación con algo que hayas hecho. Pero lo más probable es que sea una situación sobre la que no tenías control: perros que empiezan a reaccionar a otros tras un ataque, que estaban bloqueados por el estrés de la adaptación o que tienen algún malestar físico detrás. E incluso si has cometido algún error, si estás leyendo esto es porque tus intenciones eran buenas. Culparte no cambia nada; aprender y avanzar, sí.
La culpa es especialmente habitual cuando el perro ha crecido contigo desde cachorro y de pronto empieza a cambiar. La adolescencia canina lo explica en muchos casos, pero también influyen la genética, la salud o experiencias sociales fuera de tu control. Que tu cachorro juguetón haya empezado a ser más macarrilla no significa que lo hayas hecho mal. Lo importante es entender qué le pasa y cómo ayudarle.
Contradecir a tu entorno
“¿Cómo le dejas subirse a la cama? ¡Es un perro!”; “Los perros están mejor en el jardín”; “Con esa correa el perro te pasea a ti”. Familiares, amigos y opinadores en general no dudan en explicarte todo lo que estás haciendo mal, sembrando la duda sobre lo que has aprendido.
Lo mejor es rodearse de personas que entiendan a los perros de forma similar y respeten tus decisiones. También ayuda tener preparadas respuestas breves que no den pie a debate:
- “Gracias por tu opinión, pero la educación de mi perro es cosa mía.”
- “Sigo las pautas de un educador canino, gracias.”
- “En mi casa, mis normas.”
La próxima vez que sientas culpa porque tu perro ladra en una comida familiar, recuerda que tú sabes por qué lo hace y que es normal. Si a alguien no le gustan los comportamientos propios de un perro, que lo diga claramente: tú decidirás si ir o no.
El entrenamiento no funciona igual con mi perro
Cuando alguien decide trabajar con un profesional suele empezar con mucha ilusión. Pero es fácil caer en la frustración cuando las cosas no avanzan como esperabas o como ves que avanzan en otros perros. La sensación de no hacerlo bien o de no dedicarle suficiente tiempo puede generar sentimiento de culpa.
En este caso, el problema suele estar del lado del profesional: muchas veces no se explican bien las complejidades del proceso ni se prepara a las personas para los altibajos que son absolutamente normales.
El proceso no es lineal. Habrá días mejores y días peores, temporadas en las que parece que no se avanza nada y momentos en los que de pronto se producen cambios rápidos. Lo fundamental es la constancia.
Conclusiones
La culpa en la convivencia con un perro casi siempre surge de querer hacerlo bien. Pero machacarse no ayuda ni a ti ni a tu perro. Entender por qué aparece esa culpa —las expectativas irreales, la presión del entorno, los conocimientos que vamos adquiriendo— es el primer paso para gestionarla.