Si convives con un perro es casi seguro que tendréis que interactuar con niños, sean o no de la propia familia: en la calle, visitas en casa, reuniones, encuentros espontáneos…
Es muy importante saber cómo prevenir conflictos y evitar posibles incidentes.
Hay dos claves prácticas esenciales: el riesgo para los peques no es solo de perros desconocidos sino también de los de “confianza”. Y la presencia de un adulto no garantiza seguridad si no hay supervisión informada e intervención adecuada.
Supervisión activa: no basta con estar, hay que participar
Suele confundirse “estar presente” con “supervisar”. Pero como muestran los estudios que citamos al final de este texto, muchos incidentes ocurren precisamente mientras un adulto está presente pero no interpreta o no actúa a tiempo.
Supervisar activamente implica participar con consciencia: observar, regular, anticipar, mediar y poner límites cuando son necesarios, tanto para el perro como para el peque. No es vigilar desde la distancia ni reaccionar solo cuando algo ya salió mal.
Al intervenir antes de que la situación escale, evitamos que se convierta en incidente. Esa intervención no debe ser con autoritarismo: debe hacerse con calma, respeto y claridad.
Estrategias para intervenir con calma y eficacia
Aquí tienes un protocolo sencillo (y efectivo) para esos momentos donde algo comienza a tensarse:
1. Nombrar lo que ves
Dar voz a la emoción o tensión que percibes ayuda al pequeño humano (y al perro) a comprender que no es un capricho tuyo, sino una señal.
“Veo que el perro se está poniendo rígido, vamos a hacer una pausa.”
“Parece que se está alejando, le damos espacio un momento.”
Frases como estas son poderosas porque educan sin reproche.
2. Ofrecer una alternativa
No se trata solo de decir “no”, sino de redirigir hacia algo seguro y compatible.
“Podemos jugar a buscar piñas o piedras mientras él descansa.”
“¿Te gustaría que le escondamos juntos unos premios para que los encuentre con su olfato y observamos con distancia a ver cuántos encuentra?”
De esta forma, rediriges la energía del niño y reduces el estímulo para el perro.
3. Refuerza la calma
Cuando retomen la normalidad, hazlo visible:
“Me alegra que estéis tranquilos los dos”
“Ahora toca despedirse. Le lanzamos besitos con la mano”
Ese refuerzo enseña que la calma también merece atención y reconocimiento.
4. Intervención preventiva
Cuando veas señales —aunque sutiles— de tensión en el perro (giro de cabeza, labios arriba, lamido rápido, postura rígida, orejas hacia atrás, evitación de mirada), actúa antes de que escale. Recuerda que mover el rabo no siempre es felicidad: su velocidad, desviación y altura nos indican su emocionalidad.
Y siempre hay que tener en cuenta la morfología, raza, edad de cada perrete.

Si el niño está empujando, persiguiendo, tirando del pelo o invadiendo el espacio del perro: detén con calma y redirige.
Usa la regla LAE: Límite => Alternativa => Explicación (si procede según la edad del peque y adaptada a su nivel de comprensión).
5. Adaptar el entorno
- Crear zonas seguras para el perro que las y los peques de la casa no interrumpan (una cama, un transportín, otra habitación, puertas o vallas). Siempre y cuando el perro esté acostumbrado a estar en esos espacios a solas y no lo pase mal. Si no, asociará la visita a un castigo por privación de estar con su grupo social.
- Enseñar al niño que acercarse a un perro debe hacerse solo con tu autorización y acompañamiento, y más aún si es desconocido. Si tú eres la persona a la que un peque le pregunta ¿Puedo tocarlo? Te doy un consejo: no te dejes llevar por “el qué pensarán de mí y mi perro si digo que no”. Tu deber es otorgarle protección y seguridad a tu perro. No le pongas en una situación complicada por cumplir con nadie. “Prefiero que no te acerques porque te puede asustar” suele bastar para que no avancen más.

- Evitar la presencia de recursos de valor para el perro en presencia de niñas y niños nuevos o con lo que aún no sienta confianza (juguetes, comida, su camita…).
- Preparar juegos de concentración, resolución y olfato con los peques y que sean ellos (acompañados) los que se lo entreguen al perro. Crear un patrón de retirada (¡a la torre de control!) a modo de juego para que vigilen al perro resolverlo. Puede ser encima del sofá, de una silla, de una torre de aprendizaje…
Enseñar al niño a autorregularse: la clave del respeto mutuo
Más allá de intervenir tú, uno de los objetivos más valiosos es que el niño aprenda a pausar, observar y decidir. Para ello:
- Usa un lenguaje sencillo y memorable:
🐾 “Si el perro se levanta y se va, déjalo tranquilo.”
🐾 “Si bosteza o gira la cabeza, necesita espacio.”
🐾 “Si ladra, gruñe, se mueve mucho: paramos y respiramos.” - Haz ejercicios lúdicos: pedirle que imite al perro relajado o al perro incómodo, mirar juntos imágenes de perros y preguntarle “¿cómo crees que se siente?”, usar tarjetas con señales caninas para adivinar el significado.
- Refuerza su capacidad reflexiva: cuando vea señales, preguntarle “¿crees que él quiere seguir jugando? ¿o descansar?” y animar a que él decida la pausa primero.
Con el tiempo, el niño va interiorizando que el perro también es sujeto: con emociones, límites y lenguaje propio.
Un entorno de confianza, no de miedo
Supervisar activamente no es vivir en tensión ni con temor constante. Es crear un ambiente donde el perro y el niño o la niña (o quien se acerque) puedan sentirse seguros, respetados y escuchados.
Cuando el adulto acompaña con respeto, no impone:
- El perro aprende que su comunicación vale, que no hay castigo inmediato por pedir espacio.
- El adulto acompaña en vez de reñir al perro si éste se altera con los juegos o juguetes del peque.
- El peque aprende que los vínculos se construyen con empatía, no con fuerza o imposición.
- Se reducen los sustos, se previenen los conflictos y se fortalece la confianza mutua.

Tu lectura recomendada para profundizar
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La realidad tras las estadísticas de la ciencia: peligros donde menos lo esperamos
- Numerosos estudios coinciden en que la mayoría de las mordeduras o agresiones contra humanos provienen de perros conocidos, que son familiares, o que conviven con la persona afectada. Así lo constata, por ejemplo, un estudio recogido en la revisión How many people have been bitten by dogs?.
- Ya en 2001, un estudio sobre características de perros agresores señaló que todos los perros implicados habían mordido a alguien del mismo hogar o un visitante frecuente (es decir, conocidos para el perro).
- En contextos clínicos, un análisis de “contexts and consequences of dog bite incidents” encontró que las mordeduras del perro a sus humanos referentes muchas veces se consideran “accidentales” o sin intención explícita, lo que subraya que no siempre hay intención hostil, sino falta de comprensión del momento emocional del perro.
- En relación con niños pequeños, el estudio Caregiver Reports of Interactions between Children up to 6 and Dogs encontró que la mayoría de las mordeduras por perros que conviven con familias son precedidas por una interacción entre el niño y el perro, y que en esos casos los cuidadores muchas veces estaban presentes pero no intervinieron: más de la mitad no actuaron frente a una interacción potencialmente riesgosa con un perro conocido.
- En cuanto a la interpretación del lenguaje canino: un estudio Adults’ Ability to Interpret Canine Body Language during a Dog–Child Interaction analizó cómo los adultos evaluaban comportamientos de perros con niños a partir de videos. Los participantes con frecuencia clasificaban perros tensos o miedosos como “relajados” o “confiados”, y subestimaban señales de ansiedad, lo que indica que incluso personas que conviven con perros pueden tener dificultades al interpretar el lenguaje corporal canino.
- Complementariamente, la revisión Teaching Children and Parents to Understand Dog Signaling señala que tanto niños como adultos a menudo no notan las señales de estrés del perro o las interpretan mal, y que poseer un perro no garantiza una mejor interpretación del lenguaje corporal canino.
- Además, un estudio de 2023 de la Universidad Edge Hill (Reino Unido) halló que muchos ataques de perros están relacionados con malentendidos del comportamiento canino. Los humanos a menudo creen que su perro evitará morder a un niño, y fallan en reconocer las señales de tensión.
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